Apuntes de septiembre


Eugenio Montejo dijo que "cuando pierdes tu ciudad, pierdes todas las ciudades". 


Yo también lo creo. Aunque en cada una me encontré. 

Cuando me vine de Caracas, tenía, además de tres maletas llenas de cosas inservibles, muchísimo miedo. Me monté en un avión que salió de Maiquetía a las seis de la tarde y se regresó a las ocho de la noche porque, supuestamente, había humo en la cabina de mando. 

Yo, que para ese entonces todavía creía en el destino, pensé que esto era quizás la vida, diciéndome que no me fuera de casa tan pronto. Sin embargo, nunca salimos del avión, y media hora más tarde comenzó el viaje que me dejaría, nueve horas luego, aún más muerta del susto, y además sola, en el Aeropuerto Charles de Gaulle. 

Un mes más tarde, me mudé un piso de una callecita muy estrecha del barrio de Saint-Germain-des-Près. Ahí me enamoré de un estudiante de literatura de la ENS, medio barbudo, español, inmaduro, al que le gustaba jugar conmigo y todas las noches - luego de (si acaso) un polvo y la respectiva lectura de una poesía complicadísima a la que no le presté nunca mucha atención -  me decía que tenía que dejar de ser tan mojigata e irme a la cama con todos. Me repetía que no lo esperara, porque no iba a volver. Luego de la tercera vez que repetimos esta rutina de ejercicios morbosos y misóginos, comencé a obviar el maquillaje en los ojos, ya sabía que eventualmente se me iba a caer a punta del lagrimeo fastidioso cada vez que recapacitaba y me daba cuenta como me entregaba a un hombre que, no sé si exageraba pero, estaba maldito. 

Tuve un año muy raro. Lo utilicé para dejar de escribir las "mariqueras" que escribía y terminé sin escribir nada. Dejé que todo pasara. Incluso por encima de mí. 

Aunque leí. Escribí más a mano. Viajé más. Lloré más y  seguido. Me enamoré unas tres veces más, pero me fui a la cama unas cincuenta, o por ahí cerca. 

Conocí a una Sofía que me da gusto conocer pero no se parece a ninguna de las anteriores. 

Es una Sofía que recuerda más.  

En el bar del Molino Rojo en la solano, aprendí que el quinto trago es un exceso y que buscarle pelea a una mujer capaz de mostrarte sus partes íntimas a causa de la cocaína, era algo que podía pasar en una misma noche, en los mismos 8 metros cuadrados. 

Me dí cuenta, o quizá eso fue más tarde, que uno tiene amigos, tiene contactos, y tiene panas que son tan compatibles etílicamente contigo, que todo esto se puede confundir con la misma cosa, y al final, el sentimiento de vacío y la resaca, te dejan sin alma. Tengo casi dos años con esa resaca.

En el comedor de mi casa en los chorros, cada domingo, hice como cuatro revoluciones dentro de la revolución. Revoluciones teóricas. Lo sabíamos todo. Lo que faltaba; lo que sí tenían los sandinistas, lo que podía aportar el peronismo, todo. Empecé a sentir un furor violento dentro de mí que al principio confundí con ganas de hacer política.  

Luego llegué a París, abriendo ese polvoriento baúl literario; ahí conocí el frenesí en el amor, cómo cambiar la literatura sin escribir siquiera diez páginas y sin entender una sola palabra de lo que escribe el "malísimo" de Vila Matas, cómo nos gusta llamarlo a Saúl y a mí.  
Ya no creo en el destino y me faltan 17 días para volver a casa o para que de nuevo sea muy pronto para irme de ella.  





Comentarios

  1. mis mas sinceras condolencias a los familiares que han perdido un ser querido en este terrible atentado. un duelo inmenso para todos los seres que amamos bondad, la vida, el respeto y la paz JE SUIS PARIS andy

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  2. francia bomardea siria andy

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